¿Relato o puro cuento?
Por Gachi Waingortin
“21 lecciones para el siglo XXI” de Yuval Noaj Harari y debo confesar que sus conclusiones me dejaron perpleja. Harari realiza un diagnóstico interesante del mundo que estamos creando. En algunos temas puedo sospechar que tiene una visión demasiado catastrófica del futuro, pero dada mi absoluta ignorancia, carezco de los conocimientos necesarios para desmentirlo. No me siento proclive a creer que los algoritmos dominarán la vida de las personas. (Salió en el diario un inserto sobre Big Data y Thick Data promocionando desde carreras universitarias hasta empresas y servicios. Si fuera tan siniestra la cosa, no sé si lo publicitarían tanto. No lo sé).
Pero sobre lo que sí puedo opinar es sobre sus sugerencias acerca de cómo vivir. En “De animales a dioses”, Harari se pregunta qué fue lo que hizo que el Homo sapiens se impusiera sobre los otros homínidos y sobre el resto de los seres del planeta. Y su respuesta es: la capacidad de imaginar y crear relatos. Para que exista cooperación, todos los miembros de un grupo deben conocerse entre ellos y reconocer una autoridad aceptada universalmente. Un macho alfa domina en su comunidad porque todos sus miembros saben que es él quien ha desplazado a los demás machos en competencia. Esto solo es viable en una comunidad pequeña, donde todos sus miembros se conocen. Homo sapiens logró conformar comunidades de millones de individuos que aceptan una autoridad que nunca han visto, pero que todos reconocen como tal. Y esa fue la herramienta adaptativa que le permitió superar al Homo neanderthal o al Homo erectus, los que quizás eran más aptos físicamente para sobrevivir los desafíos climáticos o para cazar mamuts.
Los seres humanos vivimos inventando relatos que nos hacen creer en ficciones. (Ficción: Cosa, hecho o suceso fingido o inventado, que es producto de la imaginación). Harari analiza cada uno de dichos relatos para demostrar que son solo eso, imaginaciones vanas y, además, dañinas: la religión no es más que una herramienta de poder y de odio. Creer en un dios único genera guerras e intolerancia, cosa que no sucedía cuando cada uno era libre de creer en lo que quisiera. El libre albedrío es una ficción, nuestra carga genética, nuestras emociones, la sociedad, nos determinan. La superioridad del ser humano sobre la naturaleza es pura vanidad: no somos más relevantes que las vacas y las ballenas. ¿Qué podemos hacer entonces? Tomar conciencia de lo que realmente somos: lo único real es el aire que respiramos. Harari propone la meditación como la herramienta para adquirir esa conciencia: el aire que entra y sale de nuestras narices es lo único real, lo único que podemos y debemos controlar. Debemos hacerlo antes de que lo hagan los algoritmos.
Respetuosamente disiento. Si el éxito evolutivo del Homo sapiens se debe a su capacidad de crear relatos y creer en ellos, la solución a los problemas de los humanos no puede consistir en abandonarlos. Avanzar hacia una vida de meditación, aceptando como la ubica realidad el aire que respiramos solo puede devolvernos al gan Edén. Pero no en el sentido de la armonía y la plenitud, sino al estado previo al acceso al Árbol del Conocimiento (y esto también es un relato), cuando éramos animales carentes de conciencia.
Para bien o para mal, ya hemos adquirido esa conciencia. Sabemos que vamos a morir y nuestra adquirida condición humana nos exige creer en relatos. La respuesta no es abandonarlos sino decidir cuáles serán los relatos que guiarán nuestra vida.
Un relato puede decir que yo y mi grupo somos superiores a los demás y que debemos eliminar a quienes no vivan como “nosotros”, o convertirlos en “nosotros”. Otro relato puede hacerme creer que puedo y debo convivir con quienes son diferentes. Creer que no tenemos libre albedrío y que somos dominados por nuestras emociones, o por los algoritmos, o por los dictados de la sociedad, es un relato. Pero otro relato puede ser que sí somos dueños del limitado tiempo que llamamos vida, que somos responsables de ella, de nosotros mismos y de nuestro mundo.
La religión es un relato, como lo es la pertenencia a un pueblo. La Torá y el pueblo judío son nuestro relato. El Talmud se pregunta: ¿Por qué fue creado un solo hombre? Y da tres respuestas. Para que nadie pueda decir: “Mi padre es mejor que el tuyo”. Para que sepamos que quien salva una vida es como si salvara a toda la humanidad; y quien destruye una vida es como si destruyera a toda la humanidad. Y para que entendamos que, si un hombre hace un molde, todas las monedas que acuñe serán idénticas; pero la sabiduría divina hace que, a partir de un mismo modelo, D´s creara seres idénticos pero a la vez diferentes. Eso es un relato que nos habla del valor de la dignidad, humana, la igualdad y la individualidad de los seres humanos.
Los relatos construyen nuestra vida. Le dan forma, le dan su sustento ético. No son ficciones, no son puro cuento. Es imposible vivir sin ellos. Pero debemos ser muy cuidadosos a la hora de elegirlos. Dime qué relato guía tu vida y te diré quién eres.