Eliminado Ali Jameneí: un punto de quiebre histórico en Medio Oriente.
La mañana del sábado 28 de febrero comenzó en Israel con una notificación de alarma en los teléfonos de millones de civiles, que instruía a habilitar los refugios anti-misiles en todo el país. En paralelo, pasadas las 8:00 de la mañana, aviones de la Fuerza Aérea israelí bombardeaban Teherán, donde más de 40 altos mandos de la Guardia Revolucionaria se reunían, incluyendo al dictador Ali Jameneí, hoy confirmado muerto. Así comenzó la operación conjunta entre Israel y Estados Unidos contra el régimen de los ayatolás en Irán. La confrontación continúa hasta hoy y podría durar varias semanas. Tras más de un mes de especulaciones y preparativos —incluyendo el despliegue visible de cientos de aeronaves y recursos de artillería hacia Medio Oriente— ambos países iniciaron lo que describieron como una acción “preventiva”. El objetivo declarado no se limita a neutralizar la amenaza nuclear o degradar infraestructura militar específica. La ambición es directamente desmantelar el régimen.El presidente Donald Trump, en su primera declaración pública tras iniciada la operación, se dirigió directamente a la sociedad civil iraní: “Cuando terminemos, tomen el control de su Gobierno. Será suyo para que lo tomen. Esta será probablemente su única oportunidad durante generaciones”.Asimismo, el Primer Ministro Netanyahu justificó la acción militar declarando que “no se debe permitir que este régimen terrorista asesino se arme con armas nucleares que le permitan amenazar a toda la humanidad”, e hizo un llamamiento similar al de su par estadounidense: “Ha llegado el momento de que todos los sectores del pueblo iraní —persas, kurdos, azeríes, baluchis y ahwazis— se liberen del yugo de la tiranía y construyan un Irán libre y pacífico”.El golpe inicial fue contundente. En cuestión de horas, las FDI y el ejército estadounidense atacaron infraestructura militar estratégica, bases de la Guardia Revolucionaria, centros de comando, lanzadores de misiles y varias instalaciones gubernamentales clave en Teherán y otras ciudades. La apuesta, desde el primer momento, es alterar el equilibrio político interno de la República Islámica.La Revolución de 1979 y el régimen puertas adentroHace 47 años, la instauración de la República Islámica transformó a Irán en un sistema de poder teocrático que consolidó un modelo de gobierno con severas restricciones a las libertades civiles. La imposición obligatoria del código de vestimenta para las mujeres, la represión sistemática de la disidencia política y la censura a la prensa son algunas de las más denunciadas.Ese malestar se volvió particularmente visible en las últimas semanas, en las que distintas ciudades iraníes y universidades han sido escenario de manifestaciones contra el régimen, reprimidas con dureza por las fuerzas de seguridad.Las estimaciones sobre el número de víctimas varían considerablemente, en parte debido a las restricciones informativas y cortes de internet impuestos en el país. El gobierno iraní ha reconocido más de 3.000 muertos, mientras que la organización Human Rights Activists in Iran (HRANA) asegura haber verificado más de 6.000 fallecidos y mantiene otros 17.000 casos bajo investigación, lo que podría elevar el total a más de 22.000. La situación generó condenas internacionales y, el mismo día de lo comienzo de la operación conjunta entre Israel y EE.UU., los gobiernos de Francia, Alemania y el Reino Unido instaron al régimen iraní a “poner fin a la violencia y la represión contra su propio pueblo”.Exportación de terrorismoEl régimen, de orientación islamista radical, no solo estructuró un modelo autoritario hacia adentro, sino que también proyectó su influencia hacia el exterior mediante la exportación de redes y operaciones vinculadas al terrorismo. Esa proyección alcanzó incluso a América Latina, a través de atentados perpetrados en Buenos Aires en la década de 1990 y en Panamá, contra el vuelo 901 de Alas Chiricanas en 1994, atribuido a Hezbolá. Pero el punto de inflexión no fue el respaldo a milicias regionales ni las operaciones encubiertas en el extranjero, sino el avance sostenido del programa nuclear iraní. Para Israel, la combinación entre una ideología abiertamente hostil y la capacidad potencial de producir armas nucleares altera de manera irreversible el equilibrio estratégico.Según el embajador de Estados Unidos en Israel, Steve Witkoff, en una entrevista con Fox News, durante la primera ronda de negociaciones previos a la guerra actual, los representantes iraníes reconocieron poseer 460 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, aseverando que “eran conscientes de que eso podría producir 11 bombas nucleares”.La respuesta iraní El régimen lanzó ataques contra Israel y varios países de la región, entre ellos Jordania, Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Chipre. Incluso, el miércoles 4 de marzo, se reportó un ataque contra Turquía, interceptado por la OTAN.Hacia Israel se han lanzado cientos de misiles balísticos, de los cuales alrededor de un cuarto entran en el espacio aéreo israelí. Entre ellos, una gran mayoría han sido interceptados por la Cúpula de Hierro, pero algunos han alcanzado zonas urbanas en el norte y centro del país.Impactos directos se reportaron en Tel Aviv, Beit Shemesh y Beersheva, dejando una decena de fallecidos —todos civiles— y más de mil heridos. Además, en las últimas jornadas Hezbolá se ha sumado a los ataques contra Israel desde el Líbano.Con esta multiplicidad de frentes, Teherán parece buscar convertir la guerra en un problema regional compartido. Al atacar territorios de terceros Estados, el cálculo podría ser que estos gobiernos presionen a Estados Unidos para frenar la ofensiva. En otras palabras, transformar la campaña militar en un dilema político para la Casa Blanca.El riesgo de escalada es evidente. A diferencia del conflicto previo, en julio del 2025, donde era posible una salida diplomática y un acuerdo del cese al fuego, la eliminación del liderazgo iraní y la intención final de la operación modifican la ecuación. La pregunta central ya no es únicamente si la amenaza nuclear y balística puede ser contenida, sino qué arquitectura política podría emerger en Irán tras una operación de esta magnitud. La historia regional ofrece advertencias claras: la remoción de un régimen no garantiza estabilidad inmediata ni transición ordenada. El desafío no es sólo militar, sino político.