Israel mira desde afuera la negociación que puede redefinir Medio Oriente
La escena resume una realidad incómoda para Israel. Después de una operación conjunta con Estados Unidos destinada a golpear decisivamente al régimen iraní, ese mismo régimen aparece ahora sentado en una negociación internacional. Israel, en cambio, mira desde afuera.Un diagnóstico duro viene de Danny Citrinowicz, investigador senior sobre Irán en el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel. En declaraciones a Reuters, describió el acuerdo como una “catástrofe” estratégica para Israel: “Fuimos a derrocar al régimen con respaldo de Estados Unidos y terminamos con Washington dándole legitimidad y fortaleciendo al mismo régimen que queríamos derribar”.El problema es que Irán ha demostrado durante décadas una notable capacidad para convertir la presión internacional en tiempo, concesiones y margen de maniobra. La pregunta israelí, por lo tanto, no es solo qué firmará Teherán, sino quién verificará su cumplimiento y qué ocurrirá si vuelve a incumplir.La preocupación no es solo israelí. Michael Ratney, exembajador estadounidense en Arabia Saudita y analista de CSIS, advirtió que “los iraníes son muy buenos haciendo que las negociaciones sobre su expediente nuclear duren tanto como ellos quieren que duren”. Para Jerusalén, esa es precisamente la sospecha de fondo: que el plazo de 60 días termine convertido en otra forma de comprar tiempo.En concreto, el memorando abre una ventana de 60 días para avanzar hacia un acuerdo final. En ese plazo se discutirán los puntos centrales: el uranio enriquecido, las inspecciones internacionales, el programa nuclear, los misiles, el alivio de sanciones y la estabilidad de los frentes regionales. El vicepresidente JD Vance afirmó que se había establecido una “buena base” para un acuerdo exitoso. Pero esa frase, recibida con optimismo en Washington, suena mucho más ambigua desde Israel.El motivo es simple: para Israel, el expediente iraní nunca ha sido solo nuclear. Irán no amenaza únicamente desde sus instalaciones atómicas, sino también desde la red de milicias, aliados y proxies que ha construido en el Líbano, Siria, Irak, Yemen y Gaza. Por eso, cuando Washington habla de proteger al mismo tiempo “la seguridad de Israel” y “la soberanía del Líbano”, como dijo Vance en Suiza, en Jerusalén aparece una pregunta inmediata: ¿hasta dónde puede ser soberano el Líbano mientras Hezbolá mantenga un poder militar que escapa al control del Estado?Netanyahu lo expresó en términos militares al afirmar que los combatientes israelíes en el sur del Líbano tienen “completa libertad de acción” para frustrar amenazas contra ellos o contra los residentes del norte de Israel. Esa frase resume una doctrina compartida por gran parte del establishment de seguridad israelí, más allá del gobierno de turno: Israel no aceptará quedar atado por un marco diplomático que le impida actuar frente a amenazas inmediatas.Las tensiones que marcan la política interna Israel se encamina hacia elecciones en los próximos meses y el debate sobre Irán se convertirá inevitablemente en una cuestión electoral. Las encuestas recientes muestran al Likud aún competitivo, pero con un bloque oficialista debilitado; al mismo tiempo, figuras como Gadi Eisenkot y Naftali Bennett aparecen como posibles articuladores de una alternativa.La clave no será solamente quién obtiene más escaños, sino quién puede formar gobierno. Bennett conserva una ventaja política particular: es de derecha, tiene credenciales en seguridad y podría resultar más aceptable para votantes que rechazan a Netanyahu pero no quieren un giro ideológico hacia la izquierda. Eisenkot, por su parte, aporta prestigio militar. Lapid sigue siendo un actor central del campo opositor, aunque con menor capacidad de penetrar en sectores de derecha. Sin Netanyahu, un gobierno encabezado por Bennett, Eisenkot u otra figura de centro-derecha intentaría probablemente recomponer la coordinación institucional con Washington, reducir tensiones personales y reconstruir confianza con sectores tanto del Partido Republicano como del Partido Demócrata, además de Europa. El estilo sería distinto; los objetivos, no tanto. Cualquier gobierno israelí exigirá que Irán no obtenga armas nucleares, que las inspecciones sean reales y que Israel conserve libertad de acción frente a Hezbolá y otros brazos iraníes. El tablero internacionalAunque la negociación nuclear con Irán y la expansión de los Acuerdos de Abraham no son lo mismo, Trump ha intentado vincular ambos procesos políticamente: según Reuters, el 25 de mayo pidió a Arabia Saudita, Qatar, Pakistán y Turquía, entre otros, sumarse en bloque a los acuerdos de normalización con Israel, como parte de su esfuerzo por cerrar la guerra con Irán. Allí la pieza central es Arabia Saudita. Una normalización entre Riad y Jerusalén podría reordenar Medio Oriente en favor de un bloque más pragmático, sunita y alineado con Estados Unidos, frente al eje revolucionario liderado por Irán.No es casual que documentos de Hamás revelados en Israel indiquen que uno de los objetivos del ataque del 7 de octubre era impedir la normalización entre Israel y Arabia Saudita. Para Hamás y para Irán, un acuerdo saudí-israelí no sería solo un gesto diplomático: sería una amenaza estratégica, porque consolidaría una región menos dependiente de la lógica de las milicias y más orientada a la cooperación económica, tecnológica y de seguridad.Neil Quilliam, investigador asociado de Chatham House, advirtió en una pieza de Reuters que Arabia Saudita estuvo “casi a bordo de la normalización” hace algunos años, pero que hoy está “lejos de eso”. Para Israel, la oportunidad saudí sigue siendo estratégica; para Riad, en cambio, el costo político de acercarse a Jerusalén sigue siendo alto mientras Gaza y la cuestión palestina dominen la conversación regional.Qatar ocupa un lugar distinto. Es aliado cercano de Estados Unidos, mediador y actor diplomático con canales abiertos hacia múltiples bandos. Pero en Israel su imagen está marcada porque durante años albergó a líderes de Hamás y mantuvo vínculos financieros y políticos con la organización. Por eso, no debe ser presentado como un candidato natural a los Acuerdos de Abraham. Su papel no es el de socio estratégico de normalización, sino el de mediador útil, influyente y, para muchos israelíes, problemático.Con Europa, la tensión ha sido persistente en los últimos años. Un nuevo gobierno israelí podría mejorar el tono, abrir canales y reducir parte de la desconfianza, especialmente si no depende de figuras que Europa considera extremas. Pero las diferencias de fondo no desaparecerían. Gaza, Cisjordania, asentamientos, ayuda humanitaria, Líbano, Irán y el uso de la fuerza seguirían marcando la agenda.Para Israel, Europa es importante en comercio, tecnología, legitimidad diplomática y cooperación regional. Pero también es vista, muchas veces, como un actor que exige moderación sin ofrecer garantías de seguridad equivalentes. Una coalición más pragmática podría administrar mejor esa tensión, pero difícilmente podría eliminarla.¿Qué podría ocurrir al término de las negociaciones?Si Irán no entrega el uranio, bloquea inspecciones o incumple sus compromisos, Washington tendría varias opciones: extender las negociaciones, endurecer sanciones o restaurar una amenaza militar creíble, entre otras. Para Jerusalén, el peor escenario sería una diplomacia sin consecuencias: un proceso que frene a Israel y alivie a Irán.Netanyahu ha dicho que, “con acuerdo o sin acuerdo”, Irán no tendrá armas nucleares mientras él sea primer ministro. Pero esa frase podría ser pronunciada por casi cualquier líder israelí viable. La diferencia no está en el objetivo final, sino en la forma de alcanzarlo: confrontación directa o presión internacional.Así, el régimen que muchos creían que debía ser neutralizado vuelve a negociar. Sus aliados regionales siguen activos. Arabia Saudita calcula, Qatar media, Europa presiona y Estados Unidos decide. Israel, mientras tanto, mira desde afuera una mesa que puede definir su seguridad, su política exterior y quizás también su próximo gobierno.

