Travesía Monastir–Salónica: Un viaje que pone la vida en el centro de la memoria
Durante años, los viajes educativos del Círculo Israelita de Santiago han tenido un eje claro: recorrer Europa para comprender la historia judía, especialmente a través de la memoria de la Shoá. Esas travesías —ya consolidadas y profundamente significativas para generaciones de participantes— han marcado un antes y un después en la manera de entender el pasado. Sin embargo, este 2026 se abre un nuevo capítulo: por primera vez se inaugura la Travesía Monastir–Salónica, una experiencia que propone algo distinto, íntimo y profundamente humano.No se trata solo de sumar un nuevo destino. Se trata de cambiar el punto de partida.La iniciativa, como explica Viviana Kremer, Directora del Voluntariado del Círculo Israelita, nace desde una necesidad que atraviesa a muchas familias de la comunidad judía en Chile: “reconectar con las raíces, particularmente aquellas provenientes de Monastir y la región de los Balcanes”. Es un viaje que no comienza en la tragedia, sino en la vida. En la historia rica, diversa y vibrante de comunidades que durante siglos construyeron identidad, cultura y pertenencia.Porque antes de la pérdida, hubo plenitud.Volver a una vida que existióMonastir —hoy conocida como Bitola— fue una de las comunidades sefardíes más importantes de los Balcanes. Allí, judíos descendientes de la expulsión de España en 1492 construyeron una vida marcada por el ladino, las tradiciones, la religiosidad cotidiana y una fuerte vida comunitaria.Jessica Landes, coordinadora de Travesía, lo plantea con claridad: durante mucho tiempo, el estudio de la Shoá se centró en los mecanismos de exterminio, con epicentro en Polonia. “Pero enfocarse solo en eso puede hacernos perder de vista lo esencial: la vida judía previa”, explica. Monastir viene justamente a ampliar esa mirada.El viaje propone recorrer no solo Bitola, sino también Salónica, otra de las grandes capitales del judaísmo sefardí. En ese trayecto, los participantes no solo observan ruinas o memoriales: caminan calles, imaginan hogares, escuchan ecos de una lengua y una cultura que aún resuenan.“Cuando uno visita estos lugares, deja de hablar de números y empieza a pensar en comunidades concretas”, reflexiona el rabino Ari Sigal. Y en esa transición —de lo abstracto a lo humano— ocurre algo transformador.Recordar como acto espiritualDesde una perspectiva judía, el viaje también tiene una dimensión espiritual profunda. Sigal lo define en una palabra: zajor —recordar.“Recorrer Monastir es acercarse a una ausencia muy concreta”, señala. Pero no es solo recordar la tragedia, sino honrar una forma singular de vida judía. Una vida con características propias, donde convivían tradiciones romaniotas y una fuerte impronta sefardí.Ese matiz es clave. Porque, como subraya Landes, otra de las miradas sesgadas de la historia ha sido entender la Shoá como una tragedia exclusivamente ashkenazí. “La Shoá fue una persecución global que alcanzó a judíos en múltiples geografías y culturas”, afirma.En ese sentido, Monastir obliga a ampliar la narrativa. A reconocer que la diversidad del pueblo judío también fue alcanzada por la destrucción.Comprender el proceso, no solo el finalEl año 1943 marca el punto de quiebre. La gran mayoría de los judíos de Monastir fueron deportados por autoridades búlgaras aliadas de la Alemania nazi. Fueron reunidos en Skopje y enviados en trenes hacia Treblinka, donde la mayoría fue asesinada.Pero la travesía no se queda en ese final.“Es fundamental entender que una comunidad no desaparece de un día para otro”, explica Rab Sigal. Comprender el proceso —la burocracia, la obediencia, la indiferencia— permite enfrentar preguntas incómodas pero necesarias: ¿cómo ocurre algo así?, ¿qué responsabilidades están en juego?Kremer sostiene que la Shoá es una parte ineludible del relato, pero no su eje central. “Solo al conocer la riqueza de la vida previa es posible dimensionar realmente lo que se perdió”, afirma.Y ahí está uno de los sellos distintivos de Travesía: poner en el centro la vida judía.Una memoria que se reconstruye caminandoHay algo que los tres coinciden en destacar: la experiencia de estar ahí lo cambia todo.No es lo mismo estudiar una comunidad que recorrer sus calles. No es lo mismo leer sobre una cultura que imaginarla en su espacio real. En Bitola, los participantes pueden visualizar niños jugando, familias celebrando, voces en ladino llenando el aire.Esa conexión emocional transforma la memoria en algo vivo.“Más que enfrentarse a la pérdida, es reencontrarse con la vida que existió”, dice Kremer. Y ese reencuentro no es pasivo: es activo, identitario, profundamente personal.El viaje, guiado por Manuel Aszyn, incluso incorpora memorias familiares de los propios participantes, generando una experiencia aún más íntima. No es solo historia: es en primera persona.De participantes a transmisoresEl impacto del viaje no termina al regresar a Chile. De hecho, ahí comienza otra etapa.“Los participantes se transforman en transmisores de memoria”, explica Vivi Kremer. No como repetidores de datos, sino como narradores con sentido. Personas capaces de llevar esa historia a sus familias, a sus comunidades, a las nuevas generaciones.Jessica Landes lo define como una responsabilidad activa: entender la memoria no solo como un ejercicio del pasado, sino como una herramienta para construir el presente y el futuro.Y Rab Ari Sigal lo resume con una reflexión potente: cuando desaparece una comunidad judía, no se pierden solo personas. Se pierde una forma de rezar, de hablar, de celebrar, de mirar el mundo.Un viaje distinto, una invitación abiertaA diferencia de otros programas más conocidos, esta travesía no lleva a grandes símbolos universales. No hay una narrativa ya instalada. Y quizás ahí radica su mayor fuerza.“Monastir obliga a una memoria más fina, menos genérica”, dice Sigal. Es una invitación a salir de lo conocido, a abrirse a una historia que, aunque menos difundida, es profundamente propia.Porque muchas de las familias sefaradíes que hoy forman parte de la comunidad judía chilena tienen sus raíces en esos territorios. Este no es un viaje lejano: es un viaje hacia adentro.En tiempos donde la memoria corre el riesgo de volverse abstracta o repetitiva, Travesía Monastir–Salónica propone algo distinto: volver a humanizarla. Recuperar la complejidad, la diversidad y, sobre todo, la vida.Es, en definitiva, una invitación:A caminar las huellas de quienes vinieron antes.A reconstruir una historia que aún late.Y a entender que recordar no es solo mirar atrás, sino decidir qué hacemos, hoy, con ese legado.----------------Los entrevistadosJessica Landes:Directora de Educación Judía del Instituto Hebreo Dr. Chaim Weizmann en Chile, además participa activamente en la comunidad del Círculo Israelita de Santiago.Formación pedagógica en la Universidad Católica de Río de Janeiro, Brasil.Rab Ari Sigal:Rabino del Círculo Israelita de Santiago y Director de Mercaz Lemidá.Sociólogo FSOC-UBA, MA en Integración Regional FCE-UBA, MA Schechter Jerusalén, miembro de Kaiciid IRD, Kaplan Alumni, Mesader Gittin RA.Viviana KremerDirectora del Voluntariado del Círculo Israelita, psicóloga UBA.

